miércoles, 8 de junio de 2016

Discurso/ Arvizu Palafox Raúl Gilberto .

Animado por el actual contexto, y por la forma en que se han presentado las tendencias al día de hoy, presento de manera hipotética el discurso tentativo de un posible candidato independiente a la Presidencia de la República Mexicana.  Sin duda el objetivo principal del discurso es generar legitimidad, y por añadidura, apoyo hacia el candidato. El reto entonces resulta en proponer una competencia programática cuyos ejes centrales giren en torno a desmitificar la legitimidad tradicional (la historia oficial vs la historia crítica), para trocarla en una nueva legitimidad legal-racional justa para todos. El segundo objetivo por jerarquía, es generar en la población el deseo por participar en la política. El reto entonces es interiorizar en los individuos una convicción positiva, primeramente en ellos, para que así pueda ser proyectada a lo social. Las herramientas que facilitaran están dadas de manera obvia: una nueva forma de competir y un discurso crítico (aprovechando la sensación de hartazgo en la población). Los ejes restantes constan de tópicos conocidos como: corrupción, inseguridad y diferencias sociales potenciadas por el libre mercado.

Comienzo: Es una verdad evidente que hay una parte del pueblo conformista, que permanece en su mezquindad, tal como si no hubiese opción más que presentar y alabar el status quo. Son infieles a su condición como individuos, son traidores en tanto pertenecientes al pueblo. Les diré algo compañeros míos, no podemos permanecer impertérritos ante las desventajas que socaban nuestra posición. El verdadero problema no es la mentira, no es la corrupción, no es la inseguridad ni la falta de solvencia económica. Lo más perjudicial para nuestra sociedad –les reiteraro colegas míos- no son aquellas cosas exógenas o las que vienen dadas de afuera,  no son por tanto, las cosas que nos tratan de imponer; en realidad el problema de orden superior recae en nuestras convicciones negativas, aquellas que nos imponemos nosotros mismos, lo que viene de la intimidad de nuestro ser. Cuantas veces no hemos escuchado  que la mayoría del electorado no vota, en razón de que desestiman su participación, obliterando su capacidad de incidir en el sistema. Acaso ¿seguiremos presenciando el cruel espectáculo, que consta en trasmitir a nuestras futuras generaciones los síntomas  degradantes de estas sociedades modernas?. ¡Ya basta!

No obstante, desde mi posición percibo la luz filtrada por un pequeño resquicio. Ahora mismo, me deslumbra esa intensidad. Soy capaz de percibir el cambio de esas convicciones negativas. La esperanza resurge de sus cenizas, pues a pesar de que a las pulsiones humanas se les han achacado las peores desgracias, son estas las que también proveen al hombre de fuerza, y llenan el espíritu para denunciar aquello permeado de voluntades oscuras. ¡Así pues!, me siento orgulloso de ser yo quien denuncia aquella parte del pueblo más virtuosa, la parte del pueblo que no tolera las injusticias, la parte que se moviliza ante las deplorables condiciones, la parte del pueblo que sobresale como los luchadores realmente activos. Es de ellos de quien se espera más. Para ellos no bastan los actos de fe; es más, son incapaces de manifestar, debido a la experiencia dada, sentencias como: “yo creo”. Para ellos lo verdaderamente relevante es el: “yo hago, yo realizo, yo me movilizo”.  He aquí a esa parte de la población, mis ojos se regocijan al presenciar la verdadera capacidad humana.  Porque en su interior se encuentran los principios que deben de permear en la vida pública, porque en sus manos cargan el estandarte de los valores más trascendentales, porque son los únicos capaces de diseminar la cimiente de la fertilidad política en la sociedad. Estoy seguro de que llegaremos a ser la gran mayoría, llegaremos a ser la gran muchedumbre. Es necesario que el pueblo se supedite a sí mismo, que quede circunscrito a sus propios deseos y voliciones, para así, no obedecer a nadie más si no si mismo. Es un axioma, es una verdad evidente que el individuo ha nacido libre, y sin embargo, en todas partes esta encadenado.[1] La razón –pueblo mío- estriba en que el poder siempre ha sido ejercido en perjuicio del hombre, y para beneficio de unos pocos. Los cuales para mantenerlo ejercieron el monopolio de la violencia legítima, aludieron a la voluntad divina, justificaron sus acciones por medio de entes metafísicos y crearon todo tipo de divisiones sociales; lo cual fue exacerbado por el libre mercado.

Al verles aquí reunidos, me han insuflado el carácter para trasmitirles algo digno de ustedes. Si la historia es contada por lo que ganan, necesariamente la contarán en virtud de fortalecer su grandilocuencia de por sí ya etérea, a efecto de potencializar beneficios futuros. Sus diálogos y hazañas como meras herramientas narrativas, cuyo fin es trasmitir una falsa identidad; una falsa historia. Ustedes, que son hombres de gran espíritu, han percibido que las cosas distan mucho de ser lo que se ha contado, y se han percatado de la no correspondencia entre lo dicho, y la realidad inteligible o inmediata. Si compañeros, el hilo de la historia fue quebrantado y contaminado con ficciones, a efecto de vendernos una identidad social falsa, un imaginario colectivo espurio, baladí. Nos dieron a probar el soma y caímos rendidos ante el sopor. Sin embargo, la verdad ha tocado a nuestras puertas, es menester escucharla con atención y encaminarnos hacia un nuevo mañana. O les preguntaré colegas míos, ¿Habrá en el mundo cosa más benigna que un pueblo consiente de verdadero pasado? Por eso los insto, el día de hoy, les hago la cordial invitación, de ser nosotros quienes contemos la historia. Somos un pueblo cansado de mentiras. Nuestras almas anularon la política de la fe, y se sembró la política del escepticismo. No obstante, este por sí solo no puede hacer mucho, es necesaria la potencia; es necesario compañeros que nos unamos en una gran familia, y corrijamos los errores del pasado, es menester que trasmutemos nuestros valores, que troquemos la sociedad que nos han vendido, en la que siempre debió de haber sido, en la siempre estuvo destinada a ser.

Si no cambiamos las condiciones de nuestra existencia, se repitieran los mismos males en la generaciones ulteriores, estaremos inmersos en un bucle infinito. El eterno retorno será nuestro verdugo siempre al asecho. Solo déjenme recordarles algo: “aquel sistema que no reproduce al mismo tiempo produce, las condiciones de su propia existencia está condenado a morir”[2]. Es imperativo pues, que incidamos, que logremos filtrar nuestros intereses a este sistema, o  de lo contrario, este nos impondrá su voluntad. Y de esta manera, nos incapacitará, nos sumergirá en su mundo, y nos alejará del nuestro. Acaso es compañeros ¿qué quieren un mundo para sus hijos constituido de esta manera?, ¿qué será de los hijos de sus hijos?. El mejor legado que les podemos dar a los nuestros es un entorno impoluto, lleno de oportunidades, respeto, tolerancia, seguridad, amor y felicidad.
Debemos, ante todo –compañeros- desterrar al hombre que ha llegado a un punto donde se siente satisfecho con los hábitos de la humanidad, aquel que se regocija, en tanto, individuo moldeado. El fin del hombre, es el prescrito por lo eternos e inmutables dictados de la razón, es el desenvolvimiento más elevado y más armonioso de sus facultades en un conjunto completo y consistente[3]. Necesitamos personas como ustedes, ustedes los aquí reunidos, ustedes conformados por el carácter propio de la excelencia humana. Nosotros somos los únicos que podemos marginar los constructos sociales, somos los que no nos adaptamos a los moldes sociales. En suma somos hombres con deseos y aspiraciones trascendentales circunscritas en un ambiente de consenso. En contraposición, el individuo que carece de deseos e impulsos no tiene más carácter que una máquina de vapor. Dejemos pues de ser el apéndice de la gran maquina controladora, y aventuremos al cambio.
No lo conseguiremos algo diferente si seguimos haciendo lo mismo. La partidocracia ha ido en contra del propio funcionamiento de los partidos, se olvidaron de su verdadero propósito, y al olvidarse de este, se olvidaron de nosotros. En tiempos de campaña solo nos veían como presas, pues incluso modificaron las estructuras institucionales a su conveniencia, a efecto, de abolir y constreñir verdaderas opciones políticas. Nos hicieron desafectos a la política, nos marearon con su sobreoferta ilusoria, nos quitaron la esperanza de incidir en el sistema, se nos implanto una cultura de súbdito y finalmente, nos convencimos de que no podemos hacer nada.

No obstante, -les tengo buenas noticias amigos míos- la vida de cualquier sistema presenta la suma constante de ecuaciones desbalanceadas inherentes a su configuración. La eventualidad anómala, dado que no es inesperada en los parámetros de control genera inexorablemente fluctuaciones inmanentes dentro de la configuración y estructura sistémica. Seamos pues esa eventualidad, tenemos todo que ganar y nada que perder. Cambiemos el sistema desde el sistema mismo. Es por eso que el día de hoy vengo aquí, como candidato independiente a la Presidencia de la Republica, para dejarles bien en claro a todos, que nosotros si vamos por el verdadero cambio. Nosotros no beneficiaremos a unos pocos. Nosotros, los hartos de nimiedad, vamos a lo grande. Si lo justo es darle a cada quien lo que se merece, entonces hay que darnos esta justa oportunidad.



[1] Rousseau, J. J. El contrato social. Porrúa. México.2012.
[2] Althusser, Louis. Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Freud y Lacan, Nueva
Visión, Buenos Aires, 1988.
[3] Mill. J.S. Sobre la libertad. Sarpe. España. 1980.

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