Animado por el actual contexto, y por la forma en que
se han presentado las tendencias al día de hoy, presento de manera hipotética
el discurso tentativo de un posible candidato independiente a la Presidencia de
la República Mexicana. Sin duda el
objetivo principal del discurso es generar legitimidad, y por añadidura, apoyo
hacia el candidato. El reto entonces resulta en proponer una competencia
programática cuyos ejes centrales giren en torno a desmitificar la legitimidad
tradicional (la historia oficial vs la historia crítica), para trocarla en una
nueva legitimidad legal-racional justa para todos. El segundo objetivo por
jerarquía, es generar en la población el deseo por participar en la política.
El reto entonces es interiorizar en los individuos una convicción positiva,
primeramente en ellos, para que así pueda ser proyectada a lo social. Las
herramientas que facilitaran están dadas de manera obvia: una nueva forma de
competir y un discurso crítico (aprovechando la sensación de hartazgo en la
población). Los ejes restantes constan de tópicos conocidos como: corrupción,
inseguridad y diferencias sociales potenciadas por el libre mercado.
Comienzo: Es una verdad evidente que hay una parte del pueblo
conformista, que permanece en su mezquindad, tal como si no hubiese opción más
que presentar y alabar el status quo.
Son infieles a su condición como individuos, son traidores en tanto
pertenecientes al pueblo. Les diré algo compañeros míos, no podemos permanecer
impertérritos ante las desventajas que socaban nuestra posición. El verdadero
problema no es la mentira, no es la corrupción, no es la inseguridad ni la
falta de solvencia económica. Lo más perjudicial para nuestra sociedad –les
reiteraro colegas míos- no son aquellas cosas exógenas o las que vienen dadas
de afuera, no son por tanto, las cosas
que nos tratan de imponer; en realidad el problema de orden superior recae en
nuestras convicciones negativas, aquellas que nos imponemos nosotros mismos, lo
que viene de la intimidad de nuestro ser. Cuantas veces no hemos escuchado que la mayoría del electorado no vota, en
razón de que desestiman su participación, obliterando su capacidad de incidir
en el sistema. Acaso ¿seguiremos presenciando el cruel espectáculo, que consta
en trasmitir a nuestras futuras generaciones los síntomas degradantes de estas sociedades modernas?.
¡Ya basta!
No obstante, desde mi posición percibo la luz filtrada
por un pequeño resquicio. Ahora mismo, me deslumbra esa intensidad. Soy capaz
de percibir el cambio de esas convicciones negativas. La esperanza resurge de
sus cenizas, pues a pesar de que a las pulsiones humanas se les han achacado
las peores desgracias, son estas las que también proveen al hombre de fuerza, y
llenan el espíritu para denunciar aquello permeado de voluntades oscuras. ¡Así
pues!, me siento orgulloso de ser yo quien denuncia aquella parte del pueblo
más virtuosa, la parte del pueblo que no tolera las injusticias, la parte que
se moviliza ante las deplorables condiciones, la parte del pueblo que sobresale
como los luchadores realmente activos. Es de ellos de quien se espera más. Para
ellos no bastan los actos de fe; es más, son incapaces de manifestar, debido a
la experiencia dada, sentencias como: “yo creo”. Para ellos lo verdaderamente
relevante es el: “yo hago, yo realizo, yo me movilizo”. He aquí a esa parte de la población, mis ojos
se regocijan al presenciar la verdadera capacidad humana. Porque en su interior se encuentran los
principios que deben de permear en la vida pública, porque en sus manos cargan
el estandarte de los valores más trascendentales, porque son los únicos capaces
de diseminar la cimiente de la fertilidad política en la sociedad. Estoy seguro
de que llegaremos a ser la gran mayoría, llegaremos a ser la gran muchedumbre.
Es necesario que el pueblo se supedite a sí mismo, que quede circunscrito a sus
propios deseos y voliciones, para así, no obedecer a nadie más si no si mismo.
Es un axioma, es una verdad evidente que el individuo ha nacido libre, y sin
embargo, en todas partes esta encadenado.[1] La razón –pueblo mío-
estriba en que el poder siempre ha sido ejercido en perjuicio del hombre, y
para beneficio de unos pocos. Los cuales para mantenerlo ejercieron el
monopolio de la violencia legítima, aludieron a la voluntad divina,
justificaron sus acciones por medio de entes metafísicos y crearon todo tipo de
divisiones sociales; lo cual fue exacerbado por el libre mercado.
Al verles aquí reunidos, me han insuflado el carácter
para trasmitirles algo digno de ustedes. Si la historia es contada por lo que
ganan, necesariamente la contarán en virtud de fortalecer su grandilocuencia de
por sí ya etérea, a efecto de potencializar beneficios futuros. Sus diálogos y
hazañas como meras herramientas narrativas, cuyo fin es trasmitir una falsa
identidad; una falsa historia. Ustedes, que son hombres de gran espíritu, han
percibido que las cosas distan mucho de ser lo que se ha contado, y se han
percatado de la no correspondencia entre lo dicho, y la realidad inteligible o
inmediata. Si compañeros, el hilo de la historia fue quebrantado y contaminado
con ficciones, a efecto de vendernos una identidad social falsa, un imaginario
colectivo espurio, baladí. Nos dieron a probar el soma y caímos rendidos ante
el sopor. Sin embargo, la verdad ha tocado a nuestras puertas, es menester
escucharla con atención y encaminarnos hacia un nuevo mañana. O les preguntaré
colegas míos, ¿Habrá en el mundo cosa más benigna que un pueblo consiente de
verdadero pasado? Por eso los insto, el día de hoy, les hago la cordial
invitación, de ser nosotros quienes contemos la historia. Somos un pueblo
cansado de mentiras. Nuestras almas anularon la política de la fe, y se sembró
la política del escepticismo. No obstante, este por sí solo no puede hacer
mucho, es necesaria la potencia; es necesario compañeros que nos unamos en una
gran familia, y corrijamos los errores del pasado, es menester que trasmutemos
nuestros valores, que troquemos la sociedad que nos han vendido, en la que
siempre debió de haber sido, en la siempre estuvo destinada a ser.
Si no cambiamos las condiciones de nuestra existencia,
se repitieran los mismos males en la generaciones ulteriores, estaremos
inmersos en un bucle infinito. El eterno retorno será nuestro verdugo siempre
al asecho. Solo déjenme recordarles algo: “aquel sistema que no reproduce al
mismo tiempo produce, las condiciones de su propia existencia está condenado a
morir”[2]. Es imperativo pues, que
incidamos, que logremos filtrar nuestros intereses a este sistema, o de lo contrario, este nos impondrá su
voluntad. Y de esta manera, nos incapacitará, nos sumergirá en su mundo, y nos
alejará del nuestro. Acaso es compañeros ¿qué quieren un mundo para sus hijos
constituido de esta manera?, ¿qué será de los hijos de sus hijos?. El mejor
legado que les podemos dar a los nuestros es un entorno impoluto, lleno de
oportunidades, respeto, tolerancia, seguridad, amor y felicidad.
Debemos, ante todo –compañeros- desterrar al hombre
que ha llegado a un punto donde se siente satisfecho con los hábitos de la
humanidad, aquel que se regocija, en tanto, individuo moldeado. El fin del
hombre, es el prescrito por lo eternos e inmutables dictados de la razón, es el
desenvolvimiento más elevado y más armonioso de sus facultades en un conjunto
completo y consistente[3]. Necesitamos personas como
ustedes, ustedes los aquí reunidos, ustedes conformados por el carácter propio
de la excelencia humana. Nosotros somos los únicos que podemos marginar los
constructos sociales, somos los que no nos adaptamos a los moldes sociales. En
suma somos hombres con deseos y aspiraciones trascendentales circunscritas en
un ambiente de consenso. En contraposición, el individuo que carece de deseos e
impulsos no tiene más carácter que una máquina de vapor. Dejemos pues de ser el
apéndice de la gran maquina controladora, y aventuremos al cambio.
No lo conseguiremos algo diferente si seguimos
haciendo lo mismo. La partidocracia ha ido en contra del propio funcionamiento
de los partidos, se olvidaron de su verdadero propósito, y al olvidarse de
este, se olvidaron de nosotros. En tiempos de campaña solo nos veían como
presas, pues incluso modificaron las estructuras institucionales a su
conveniencia, a efecto, de abolir y constreñir verdaderas opciones políticas. Nos
hicieron desafectos a la política, nos marearon con su sobreoferta ilusoria,
nos quitaron la esperanza de incidir en el sistema, se nos implanto una cultura
de súbdito y finalmente, nos convencimos de que no podemos hacer nada.
No obstante, -les tengo buenas noticias amigos míos- la
vida de cualquier sistema presenta la suma constante de ecuaciones
desbalanceadas inherentes a su configuración. La eventualidad anómala, dado que
no es inesperada en los parámetros de control genera inexorablemente
fluctuaciones inmanentes dentro de la configuración y estructura sistémica.
Seamos pues esa eventualidad, tenemos todo que ganar y nada que perder.
Cambiemos el sistema desde el sistema mismo. Es por eso que el día de hoy vengo
aquí, como candidato independiente a la Presidencia de la Republica, para
dejarles bien en claro a todos, que nosotros si vamos por el verdadero cambio.
Nosotros no beneficiaremos a unos pocos. Nosotros, los hartos de nimiedad,
vamos a lo grande. Si lo justo es darle a cada quien lo que se merece, entonces
hay que darnos esta justa oportunidad.
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